solidaridad selectiva
porque apoyarnos es muy bonito… hasta que toca.
La solidaridad es de esas palabras que usamos con una sonrisa enorme y una memoria muy corta. Nos encanta decirla en plural, en voz alta y con tono solemne: “aquí todos nos apoyamos”. El detalle es que ese todos casi nunca se incluye cuando la cosa deja de ser simbólica y empieza a ser práctica.
Porque seamos sinceros: la solidaridad funciona perfecto mientras no incomode. Mientras no implique tiempo, dinero, esfuerzo o quedar mal con alguien. Mientras sea más discurso que acción.
En cuanto la solidaridad pide algo concreto, la vemos raro. Como cuando un amigo te pide mudanza un domingo. Ahí empieza la selección natural.
Somos solidarios cuando el problema es ajeno, lejano o abstracto. Cuando es “de alguien más”. Cuando apoyar no altera nuestra rutina. Cuando basta con decir “qué mala onda” y seguir con lo nuestro.
Pero cuando el asunto nos toca, nos mueve el lugar o nos pide ceder tantito… ahí ya no estamos. Ahí ya tenemos “mucho trabajo”. Ahí ya “no es tan sencillo”.
Eso no es falta de valores. Es comodidad bien administrada.
En el mercado —y no nos hagamos— esto pasa diario. Nos organizamos rápido para apagar incendios ajenos, pero cuando toca sostener acuerdos incómodos, respetar decisiones que no nos favorecen o apoyar algo que no nos deja ganancia directa, la solidaridad entra en modo ahorro de energía.
Porque la solidaridad real cansa. Cansa no opinar cuando sabes que tu opinión va a encender un pleito. Cansa cumplir acuerdos cuando nadie está vigilando. Cansa apoyar procesos largos que no tienen foto, ni aplauso, ni agradecimiento público.
La solidaridad bonita es la de pancarta. La que sirve es la que nadie presume. Esa que se nota en cosas chiquitas: cubrirnos y respaldarnos, respetar un acuerdo, no sabotear lo colectivo cuando no te conviene. Cosas aburridas. Cosas cero heroicas. Cosas que no se cuentan porque no lucen.
Y justo por eso casi no existen. Preferimos la versión romántica: “somos comunidad”. Que sí, suena precioso. Pero la comunidad no es un sentimiento permanente, es un ejercicio constante. Y como todo ejercicio, duele, da flojera y a veces no dan ganas.
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El problema empieza cuando usamos la palabra comunidad como comodín para no hacernos responsables. Cuando decimos “entre todos” esperando que lo haga alguien más. Cuando pedimos apoyo, pero nos hacemos los distraídos cuando toca apoyar.
Ahí la solidaridad deja de ser valor y se convierte en retórica. Y la retórica, cuando no se respalda con hechos, es puro ruido.
Lo digo sin superioridad moral, porque yo también he sido selectivo. Yo también he apoyado cuando me convino y he racionalizado cuando no. Yo también he dicho “luego vemos” sabiendo que ese luego era una forma educada de decir no.
Por eso escribo esto. No para señalar, sino para dejar de fingir. Tal vez no se trata de ser solidarios todo el tiempo —eso sería mentira—, sino de ser más honestos con nuestros límites. Decir “hasta aquí puedo” en lugar de vender solidaridad de catálogo que no vamos a entregar.
Menos discurso. Más claridad. Menos épica. Más responsabilidad.
Porque el corazón del mercado no late con frases bonitas. Late con decisiones pequeñas, incómodas y repetidas. De esas que nadie ve, pero todos sienten cuando faltan.
Si al leer esto pensaste “ya empezó este wey”, está bien. Si pensaste “chin… un poco sí”, también.
Yo aquí sigo, pensando en voz alta, tratando de entender este lugar que quiero, que me forma y que a veces también me desespera. Si quieres decirme que exagero o que ves algo distinto, te leo. A veces discutir no divide… a veces solo quita la máscara.
Título de la publicación de blog uno
Todo empieza con una idea.
Todo empieza con una idea. Tal vez quieras comenzar un negocio o convertir un pasatiempo en algo más. O bien, es posible que tengas un proyecto creativo para compartir con el mundo. Sea lo que sea, la manera en la que cuentes tu historia online puede marcar la diferencia.
No te preocupes por sonar profesional. Suena como tú. Hay más de 1500 millones de sitios web, pero tu historia es lo que lo diferencia del resto. Si vuelves a leer las palabras y no oyes tu propia voz en la mente, es una señal de que aún tienes mucho trabajo por hacer.
Sé claro, ten confianza y no lo pienses demasiado. La belleza de tu historia es que continuará evolucionando y tu sitio evolucionará con ella. Tu meta debe ser que sea correcto para el momento. Más tarde, funcionará solo. Siempre es así.
Título de la publicación de blog dos
Todo empieza con una idea.
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Todo empieza con una idea.
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